sábado 18 de julio de 2009

Excurso a la realidad capitalista

Uno las partes en un todo. El todo, vacío de partes vacías, no es nada. Me muero de hambre, mi estómago es nada. Los cimbronazos del mundo exterior se hacen notar. Son ruidos lo que ellos producen. Pero no son ruidos nada más. Es presión conciente también por no saber no “qué” hay mañana para comer, sino “si” hay mañana algo para comer. Quien no tiene este problema, pues tiene pocos problemas. Uno después puede darle la magnitud que quiere a sus problemas, desde ya. Pero serán pocos si ese está solucionado. “Pocos” no quiere decir “no importantes”, vale la pena aclarar. En este mundo, acostumbrado a pensar por oposición, vale la pena aclarar. Señores: si no es blanco, no tiene porqué ser negro. Puede ser gris. ¿Se entiende? No pierdan de vista los colores. Cuando pierden de vista los colores, echan su capacidad crítica a un tacho de basura. Están fritos. Ya no distinguen. Solo hay buenos y malos. No, hay más que buenos y malos, hay grises. Diría más, no hay ni 100% buenos ni 100% malos. Todo es escalas y puntos de vista. Podemos incluso ver negro y sin embargo es blanco ¿habían pensado en eso? ¿Pensaron alguna vez porqué se trastocan las cosas? ¿Pensaron alguna vez?

domingo 5 de julio de 2009

¡Pum, pum, pum!

El del 3º B nuevamente dándole de golpes a su mujer, pienso, mientras trato de concentrarme para leer alguna noticia en el periódico. Vivo en el 2º B y ¡pum!, otro golpe más. Siempre sufro de la violencia doméstica porque ésta me desconcentra. ¡Pum! otra vez. ¡Basta! Pienso. Me levanto, salgo de mi apartamento y me dirijo a tratar de calmar al del 3º B a ver si me deja leer un artículo en paz que parece hay gente que de con-vivencia no entiende nada. La puerta del 3ºB está entornada y cuando escucho otro ¡pum! me doy cuenta que los anteriores no eran golpes, sino disparos. Entro sin pensar rápidamente al apartamento y me dirijo al dormitorio que es el único cuarto con luz. Sobre la cama yace sangre en forma de cuerpo. Iba a decir un cuerpo ensangrentado pero la otra caracterización me parece más acertada. La sangre en forma de cuerpo todavía se mueve. Detrás de la puerta hay alguien. Sólo veo levantar su mano enguantada en guante de cuero negro y desde la pistola que sostiene se expande un ¡pum! más con fogonazo incluido. Ya no sé por dónde entró el disparo pero los miembros de la sangre en forma de cuerpo se distendieron. Silencio. La ventana del cuarto se abre e intuyo el asesino se escapa por ella. Me retiro del cuarto. Enciendo la luz de la cocina y el caos denota la han revuelto. En el cuarto de baño, en la bañera, yace el marido de la del 3º B con las manos atadas por la espalda y un hueco en la nuca. Este sí que es un cuerpo ensangrentado. De vuelta en el 2º B me alegro de poder terminar mi artículo en paz. Sueño con la nueva vecina del 3ºB, la rubia de pechos grandes y culo prieto, que se instaló luego de esa inesperada mudanza de los antiguos inquilinos. Pienso en las estrategias para establecer un contacto en el preciso momento que me doy cuenta que sus tacones comienzan a resonar en mi techo.

jueves 23 de abril de 2009

Embaulamiento de Augusto

"Escribir no significa convertir lo real
en palabras sino hacer que la palabra
sea real. Lo irreal sólo está en el mal
uso de la palabra en el mal uso de la
escritura"

Augusto Roa Bastos

Esta vez procuraré no excederme en las palabras. Entiende imberbe que cuando digo exceder no me refiero a la cantidad sino a los dicterios. Entiende que estoy harto de dirigirme a desiguales no iguales que ni siquiera mendigan limosnas de materia gris. Entiende que un engendro como tú debería sacar el pecho de orgullo al tener tan sólo la posibilidad de dirigir su ignara mirada al destello de mis ojos rojos pavorosos. Tan sólo una vez entendidas estas directrices dejarás de rascarte los genitales delante de mí. Es que me pica. Sombrillas ladillas inusitadas sorpresillas las que traes siervo y hermano simultáneo. Osas rascarte y abrir las fauces en mi presencia, en mi ausencia, sin mi licencia. Desnúdate ante mí si quieres, que ya tu olor no me hiere, que aquellas ramas que se mueven en la oscuridad me hacen temblar más que tu credulidad. ¡Por Dios y todos los santos del eterno firmamento! ¿Por qué razón me envían seres del cerebro invertebrados? ¿Por qué no hay un ápice de luz en sus caletres? ¿Por qué debo sufrir el doble de los demás? Vuecencia, quíteme, os ruego por mi madre, el sable del cuello. Su pulso tembloroso, por no decir indeciso, me hace sudar la gota gorda que cae sobre mi libreta y borronea la tinta sabia de esta pluma, tinta solo hecha para dibujar los garabatos que ya ningún literato se atreve a robar de su boca. ¡Cállate cretino! ¿Me quieres imitar? Vuélvete a postrar y agacha la cabeza sinvergüenza que la metálica esencia de este chafarote se hundirá sin piedad en tu pescuezo y hará brotar la sabia animadora que te mantiene hasta ahora en contacto con la no realidad. No entiendo pero intuyo. Tú no entiendes ni intuyes. Tú eres el más incauto de los ladinos. El más inútil de los bellacos. El más impúdico de los decentes. Acudes a mí arrastrándote como si fueses un pordiosero y eres la víbora más letal que existe. Pero buena es la ventura porque careces de opistoglifos. Hazte hacer ver por el dentista y por el terapeuta también. Cerebro de mosquito sin dengue. Revuélvete en la mierda que haré con ganas sobre ti. Paséate por esta Atenas apestando sus calles y correteando a sus señoritas. Ensúciales sus vestidos blancos. Bésalas con esos labios embarrados en mi materia fecal. Asciende al cielo y desciende al infierno y no olvides dejarme tu alma si es que tienes. ¡Púdrete allí abajo, bribón! Que Satán te abra el cráneo a cascotazos al mejor estilo guerrero asirio y encuentre el minúsculo manjar ya ácido por el desuso no-uso. Desaparece inmediatamente de mi vista que esta ya no recibe más el reflejo del fulgor eterno, sólo dispara dagas filosas cargadas de odio y de moral. Vuecencia, no puedo escribir tan rápido. ¿Opistoqué? Mentecato, botarate, majadero, memo, lerdo, necio, cachazudo, moroso, tardo, flemático. ¿Para qué tienes esas manos? Ponlas aquí sobre este secreter que he de amputarlas a ambas color ámbar te han de quedar. ¡Ponlas te exijo! ¿Es verdad que quiere excretar sobre mí? Hijo de los mil demonios, ardiente criatura de Satanás, satánica y satanizada. Póstrate ante mí, demuéstrame el temor-amor que me tienes, que debes tenerme. Anúnciate de espaldas cada vez que te presentes ante mí que yo te echaré a coces en los riñones y en los testículos. Aquí tienes el vil metal, adquiere nuevas péndulas, practica que la práctica hace al maestro y hasta la semana entrante ínfimo tunante. Gracias, Vuecencia.

miércoles 18 de febrero de 2009

Ramal Mitre

La madre acariciaba a la niña ese pelo ralo, grueso, como hecho de paja. Cada vez que sus dedos se entremezclaban con los mechones, se hundían en sus nudos y tironeaban la cabeza de la niña que volvía a despertarse con mal humor. Desde la perspectiva que me toca, léase el asiento en frente al que voy viajando, tan incómodo como el mío, diría que la niña quiere dormir. Pero la madre se empecina en acariciarle la cabellera como si este fuese un método anti-estrés. Mira por la ventana con el objeto de no cruzarse mis ojos no sea cosa que se plantee la oportunidad de preguntarle por sus lágrimas.

Saavedra es la próxima estación en la que se detiene el tren. Me propongo evitar puntos para darle fluidez a pensamientos entrecortados. No les llamaría inconexos porque no lo son pero les falta sí esas ganas de juntarse el uno con el otro, de darse la mano, de formar un grupo, de interpretar qué me quiere decir Don Quijote sentado en la estación de Saavedra bajo esa estructura simple pero férrea heredada de los ingleses. Entretanto la madre sigue sin inmutarse, sin correr un milímetro sus pupilas. La niña, en cambio, ha puesto su atención en el viejo de la armadura que se quitó el yelmo para guiñarme el ojo. El tren arranca, el viejo queda atrás, las pupilas continúan sin seguir el paisaje en movimiento y la puerta se abre de par en par para que pase con cierta dificultad, producto del gran estómago que lo acompaña, el famoso Sancho Panza que le ofrece unos chocolates a la niña y a mí, un simple pedazo de queso manchego. Esputa algún que otro refrán, me guiña el ojo también y le deja un clavel al tipo que va sentado al lado de la otra ventanilla. La niña lo mira y Erdosain le devuelve una mirada meliflua, perdida, atormentada y de cristal. Retira su mirada, la posa nuevamente en la ventanilla y lleva su brazo a la cintura donde palpa algo.

Cuando mis pensamientos me condenaban otra vez con la duda de si el evitar puntos y comas no terminaba siendo una obsesión exagerada el tren paró nuevamente. Los pensamientos me condenaban cuando el tren paró. Los pensamientos me condenaban es la acción que transcurre y tiene movimiento en el pasado, por eso se utiliza el imperfecto. La nueva acción que aparece, el tren paró, es una única acción que corta el movimiento de la anterior, que es fugaz pero no necesariamente efímera. Utilizamos el indefinido.

Coghlan, la nueva estación, los plátanos la adornan y lo admito: cada vez están más bonitos desde que Cosimo llegó. La gente del barrio porque es "de barrio" lo adoptó rápidamente y le lleva comida. Me da la sensación de que el que le deja bananas lo considera un simio. Un simio no se construye de ninguna manera una casa de las características que tiene Cosimo, ni habla con la gente, ni se cartea con Rousseau. La niña vuelve a mirarme y asiente con la mirada aprobando mis pensamientos. El tren se pone en marcha, las pupilas siguen sin moverse. Solo los párpados se cerraron y abrieron bruscamente al oír el disparo. Hubiese querido evitarlo pero un tipo como Erdosain parecía casi predestinado. La niña asiente con la mirada mientras desenvuelve otro chocolate. Si la oración fuese relatada en el pasado los dos verbos irían en imperfecto ya que las dos acciones, asentir y desenvolver, transcurren paralelamente.

Batman y Robin -los primeros-, tres mendigos y una larga hilera de niños de la calle. No los detengo, no puedo entorpecer mis pensamientos, no puedo dejar que esto ocurra. Unas almas en pena que hablan en verso se pasean y Dante se lleva a Erdosain diciéndole que conoce un lugar para él donde puede sentarse a conversar con Raskolnikov. Erdosain vuelve a esbozar una sonrisa, deja el arma sobre el asiento y se aleja dejando en su sangre la marca de sus zapatos. Se bajaron en Colegiales, pasaron por frente nuestro y las pupilas siguieron estáticas y la mano volvió a encontrar un nudo en los cabellos y se desenvolvió un nuevo chocolate y se intentó con éxito evitar una nueva coma abusando de las "y".

Wolfgang Goethe y Victor Hugo se suben y me avergüenzo. El francfurtiano, con la palma de la mano en alto, me hace señas me tranquilice, me dice hay tiempo todavía, la niña asiente con la mirada. Intento excusarme, jurarle que empecé el Fausto pero que en alemán es dificilísimo, que el Martín Fierro me lleva más tiempo de lo imaginado. Vuelve a levantar la mano, me vuelvo a avergonzar, las pupilas inmóviles, la mirada que asiente, las comas que me acosan. Se sientan donde Erdosain, habiendo limpiado previamente con un pañuelo la púrpura psicológica, no hablan, no miran, la presión se siente en el ambiente, me sonrojo nuevamente y me resigno ante las comas. Belgrano R, se sube Sarmiento y conversa en francés con Victor Hugo cosas que no comprendo. Me mira, esas cejas imponen terror, se para bruscamente y se va ofendido al otro vagón, la mirada vuelve a asentir, se desenvuelve el último chocolate.

Llegando a 3 de Febrero una ola de sudor frío recorre mi cuerpo concentrándose en mi frente y en mis manos. El señalador se me escurre entre los dedos, pero las hojas se pegan mejor a ellos y puedo pasarlas con mayor destreza. La mano tironea del cabello y la niña se enfada. La puerta se abre y entran todos de golpe: Julio, Roberto, Macedonio y Jorge Luis. Pasan lentamente al lado mío, me miran indignados pero no dicen nada. ¡Qué fracaso! La mirada asiente, las pupilas petrificadas, la mano que pasa las hojas, la esperanza infundada, las gotas de sudor frío, los ademanes de Goethe, el señalador incrustado, Retiro.

Berlín, 17.02.09

viernes 14 de noviembre de 2008

La tristeza

La tristeza comienza normalmente como sentimiento y sólo como él. De allí, de unir ese sentimiento a un pensamiento fijo hay un solo paso. La tristeza, así, toma la forma de obsesión de tristeza donde todo gira en torno a una idea, la que ocupa el centro de ese círculo vicioso. Quizá deba uno internarse en ese círculo, a lo Heidegger, de la manera correcta. Quizá deba uno saltar fuera de él, porque tiene su afuera y, de por sí, muy extenso.

Berlín, 14.11.08

domingo 2 de noviembre de 2008

Cómo combatir la incertidumbre

Un vacío, aparente quizá, y un miedo latente. El miedo a perder las ideas, a quedarse sin luz, a no tener nada para dar. Adormecerse quizá y temblar, acallar la molestia en el tendón. Juntar las ideas como el agua en una represa es experimentar ese miedo. Desconfiemos del ingeniero y dejemos que el dique ceda. Una catarata de ideas se esparce sobre el valle y lo fertiliza. De ese torrente hay que tomar todo lo que se pueda, no perder nada de vista y cuando salgan las flores ordenar, registrar y clasificar: dar un sentido, estructurar. El producto acabado, momentá- neamente perfecto. ¡Construyamos un nuevo dique!

Berlín, 31.10.08

Lagos

Luego de un momento logré entenderle. Me preguntaba si lo conocía. Estiré el mentón, doblé el labio inferior hacia abajo y negué con la cabeza. La mujer se estremeció. Empezó a agitar las manos al cielo, abriendo diabólicamente los ojos, acentuando el contraste del blanco ocular con el negro de su piel. Tendría unos cuarenta años. Seguidamente tomó con sus dos manos el amuleto que le colgaba del cuello, amuleto hecho con algún resto óseo. La mujer parecía querer arrancarlo. Se tornó otra vez hacia mí y volvió a inquirir en su lengua si lo conocía. Negué nuevamente con la cabeza.

Había salido solo del hotel a dar un paseo y a unos trescientos metros de allí me lo encontré, justo en la esquina, con la cabeza colgándole del bordillo de la acera. Tenía un brazo por encima de ella. Casi no estaba vestido y cuando le toqué la mano, la misma estaba helada con los dedos entumecidos y petrificados. Ahí fue cuando levanté la vista y vi a la negra acercarse.

Luego se congregó más gente que me rodeó sin dejar de mirarme, empezando a acusarme con el dedo índice. Me retiré por entre esos cuerpos semi inertes y seguí mi rumbo. Alguno me gritó algo y hasta incluso pensé que me seguían. Un tanto más adelante la historia se repetía: un charco enorme de sangre y un zumbido casi ensordecedor de moscas agitando sus alas. Una señora, ésta más vieja, con un amuleto parecido al de la anterior comenzó a hablarme y a hacer gestos con la mano señalando el cadáver. Levanté las palmas de mis manos, torcí las comisuras de los labios hacia abajo y levanté las cejas. No podía decir más, no comprendía una sola palabra de su lengua. Giró las manos al cielo y una cáfila inquisidora se presentó y comenzó a acorralarme. Me señalaban con el dedo observándome con miradas vacías.

Producto de esos vistazos percibí el horror por primera vez en mi vida. Me atisbaban en los ojos pero sin profundidad corriendo rápidamente sus pupilas hacia otro lado. La única que no despegaba la vista de mí era la vieja. Tenía un vestido rojo y un turbante dorado, negro y amarillo. Cada vez que giraba sus manos hacia el cielo se acercaba más gente. Uno se atrevió a tocarme la mano. Me volteé un tanto violentamente y noté el pavor que tenían al verlos alejarse de un salto a casi un metro de distancia. Comencé a caminar y vi cómo se iban abriendo a cada uno de mis pasos dejando el camino libre.

Regresé al hotel. El gerente pareció recuperar su color original cuando me vio. Me tomó por los brazos y me introdujo con ligereza dentro del hall. Luego de pedirme expresamente que nunca más volviera a cometer una locura semejante me preguntó si podía ayudarme en algo. Acepté el ofrecimiento. Tuvo que enviar un telegrama a la empresa notificando que aceptaba el trabajo.

Berlín, 1.11.08